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Dad-e-Khuda, de 32 años, perdió la vista a los 11 años, mientras jugaba con un artefacto explosivo sin estallar.
Dad-e-Khuda, de 32 años, quedó ciego a los 11. Había ido a jugar en un campo con sus amigos, y el estallido de un artefacto explosivo abandonado lo dejó ciego. "Al principio, no sentí nada", recuerda. "Después, me senté en una piedra y me di cuenta de que me dolía la cara". Perdió la vista de ambos ojos.
Hoy, Dad-e-Khuda es uno de los hombres ciegos que viven en el marastoon de la Media Luna Roja de Afganistán, en Kabul. En el marastoon, nombre cuya traducción literal es "lugar de refugio", se alojan más de 100 hombres, mujeres y niños indigentes de todo Afganistán.
"Hace diez años que estoy aquí", dice Dad-e-Khuda. "Durante los primeros cuatro meses, no hice nada, pero después empecé a asistir a una escuela para ciegos. Ahora curso el noveno grado".
Espera que sus estudios le permitan trabajar de maestro. "Ir a la escuela también me ayuda a saber lo que pasa en el mundo", dice Dad-e-Khuda.
Aunque comparte su amplia y ventilada habitación con otras personas, Dad-e-Khuda pasa una vida solitaria, escuchando y memorizando el Sagrado Corán. Es una persona reservada. "El marastoon me brinda alimentos y ropa", comenta. "No necesito otra cosa. A veces, me visitan mis familiares".
"Ahora vivo aquí", añade, refiriéndose al marastoon; "pero espero no quedarme aquí para siempre. Si aprendo el Sagrado Corán, podré trabajar, enseñar y ganarme la vida".
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Zalmai, que vive en el marastoon desde hace 23 años, perdió la vista poco a poco, hasta que no pudo trabajar más.
Zalmai vive en el marastoon desde hace 23 años. Todos los días, Zalmai, de 54 años, recita sus oraciones y pasa buena parte de la mañana fuera de su habitación, conversando con otros hombres ciegos. Termina su día rezando otras oraciones y recitando partes del Sagrado Corán.
"No hay futuro para los ciegos", dice. "Es como vivir bajo la tierra".
Cuando era joven, Zalmai se ganaba la vida vendiendo goma de mascar y billetes de lotería, pero su vista se deterioró y cayó en la pobreza. Cuando perdió la vista, lo echaron de la casa donde vivía y terminó en el marastoon.
"Me quedaré aquí mientras me den de comer", comenta Zalmai. "Sólo Dios sabe lo que sucederá en el futuro".
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Ciego desde la infancia, Jamaluddin tiene una esposa ciega y una hija de siete años, que tiene vista normal.
La familia de Jamaluddin vivía en una aldea, a unos 30 kilómetros de Kabul. Jamaluddin perdió la vista a los dos años, cuando alguien utilizó un medicamento "local" para curarle un dolor de ojos. "Nunca más recuperaré la vista", suspira.
Gracias a una pareja canadiense que le enseñó el alfabeto Braille, Jamaluddin ahora es docente en la escuela para ciegos y su futuro esta asegurado. "Después de enseñarnos a nosotros, regresaron a su país", dice Jamaluddin, refiriéndose a sus maestros. "Eran buenas personas. Rezo por ellos todos los días".
Aunque le gustaría vivir en su propia casa, los precios de los alquileres superan ampliamente la suma que Jamaluddin podría pagar con su salario de maestro. Además, se ha encontrado con que la gente no está dispuesta a alquilar una casa a alguien que no ve. "La gente me dice: 'estás ciego, y un día quemarás la casa'".
Sin embargo, esos sentimientos no existen en el marastoon, donde vive Jamaluddin desde hace siete años, junto con su esposa, también ciega, y su hija, que tiene vista normal. "La comida es buena", dice complacido. "Me dan ropa, y hay leña para el fuego".
Sobre todo, está contento de tener un trabajo diario que lo distrae. "Venga a visitar la escuela", dice Jamaluddin. "Hay muchos niños ciegos. No venga a verme a mí, sino a los niños. Sería muy bueno que pudiese ayudarlos".