© CICR/J. Barry
"Somos las jefas de nuestras familias", dice Jamila, madre de ocho niños.
En medio del agitado día a día del hospital regional de Mirwais, de 350 camas, el más grande del sur de Afganistán, sería fácil pasar por alto la contribución de las mujeres que trabajan en la lavandería y el taller de confección al funcionamiento del hospital. Sin ellas, el hospital no podría prestar sus servicios, ya que son ellas las que, entre otras tareas, lavan y planchan la ropa de cama, preparan las compresas de gasa y cosen los piyamas de los pacientes y los uniformes del personal.
El hospital de Mirwais, dirigido por el Ministerio de Salud Pública, ha recibido apoyo del CICR durante quince años. Hoy en día, hay más de 20 expatriados y colaboradores nacionales del CICR que trabajan en el lugar.
A finales de los años 1990, cuando los talibán dominaban casi todo Afganistán, las mujeres y los niños se quedaban en casa. Las señoras de Mirwais, que en su mayoría son viudas, tenían una autorización especial de las autoridades, que les permitía cumplir su labor, considerara indispensable, como la de los médicos.
Sin embargo, en los últimos ocho años, mucho ha cambiado en Afganistán, aunque no para las señoras de la lavandería de Mirwais.
"Somos jefas de nuestros hogares, y todos los problemas recaen en nosotras", comenta Jamila, madre de ocho niños.
Algunas de las mujeres han trabajado en el hospital por más de quince años. En aquellos días, el agua que usaban en la lavandería la recogían en la casa de un vecino, y el lavado se hacía a mano. Las instalaciones han sido modernizadas. El CICR instaló nuevas máquinas de lavar el año pasado.
Si bien el lavadero está en un lugar apartado, cerca de la farmacia, casi nada escapa a los ojos de estas señoras. En el lavadero lleno de vapor, todos los días se presenta algo que les recuerda el conflicto que afecta todo el sur de Afganistán: las lavanderas tienen que limpiar los uniformes de los médicos y despegar la sangre de la ropa de cama. En la puerta contigua, en el taller de confección, siete mujeres pasan horas plegando gasa para hacer compresas. Preparan miles por día. Cuando hay un gran número de heridos, su carga de trabajo se duplica.
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Afghan Gul (izquierda) y Jamila escuchan la conversación, en una pausa de su infatigable labor.
En los corredores atestados del hospital, la guerra puede verse en los rostros arrugados de los porteros. Ellos y los barrenderos saben, tal vez mejor que nadie, de cada latido del hospital. Desde su lugar, en la entrada de las guardias y en los largos corredores, ven pasar heridos, y también fallecidos. Han visto a jóvenes madres camino a la sala de partos, han visto sus sonrisas de alivio al tener en brazos a su primer hijo. También han sufrido con padres de niños enfermos, para los que no había ninguna esperanza, y con los combatientes que llegan heridos de la línea de frente.
Hoy más que nunca, las guardias están repletas.
En sus pocos momentos de pausa, en el taller de confección, las mujeres se reúnen para conversar. Sentada de piernas cruzadas sobre una alfombra, la jefa del taller, Afgah Gul, se queda pensando cuando le preguntan qué es lo que más le gusta hacer en casa. "Me gusta coser", dice sin ironía. "He confeccionado ropa para toda la familia; les preparo la ropa a los que todavía no han nacido."
Habiendo compartido tanto, incluso esquivar balas y proyectiles para llegar el trabajo durante la guerra, las mujeres se han hecho amigas. Se visitan en sus casas y celebran juntas los cumpleaños y otras fiestas.
Tal vez porque hallan apoyo en la compañía que mutuamente se brindan, estas mujeres pueden ser tan fuertes, hablar de la vida y soñar con un futuro mejor.
En su silenciosa lavandería, las mujeres de Mirwais son un ejemplo de toda la bondad que se puede tener; valientes ante el peligro, compasivas con los demás y atentas a los suyos. La vida ha sido dura con ellas, pero también les han enseñado cómo resistir.