Najmuddin con un paciente en el centro de ortopedia del CICR en Kabul
Me llamo Najmuddin Helal.
Soy uno de los miles de afganos que han sufrido amputaciones a causa de las minas antipersonal. Yo tenía 18 años cuando ocurrió el incidente. No morí de milagro. Confieso que entonces no me hubiese importado morir.
Pasé seis meses en el hospital, después me fui a casa. Compré unas muletas en un taller de prótesis, el único que por entonces existía en Kabul. Una era tres centímetros más corta que la otra, pero por lo menos podía pararme y dar algunos pasos.
Me sentía destruido, física y psicológicamente.
La pregunta que todo el tiempo me hacía era: "¿Y ahora qué?". Soy el hijo mayor; sabía que mi padre tenía muchas expectativas depositadas en mí. "¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué?"
Para que no tuviera que quedarme dentro de casa, mi padre me trajo una silla de madera, bastante cara. (En Afganistán, en las casas por lo general nos sentamos en cojines y alfombras en el piso.) Ponía la silla en el frente de la casa y me dedicaba a ver pasar a la gente, los autos, la vida. La vida de la que yo estaba excluido. Los vecinos se acostumbraron tanto a verme allí sentado que me convertí como en una especie de monumento del lugar. Solían decir con cierta compasión: "la calle donde se sienta el discapacitado".
"¿Y ahora qué?" Mi vida no podría terminar así.
Le pedí a mi padre que me ayudara a encontrar un trabajo, cualquier trabajo, aunque no recibiera un salario. No quería seguir sentado en esa silla. Pero todas las respuestas que me daban eran negativas. A nadie le parecía posible que alguien como yo pudiera siquiera pensar en pedir un trabajo.
Cinco largos y oscuros años pasaron. A pesar de que era lo único que me conectaba con el mundo, comencé a odiar la silla.
Un día, me enteré de que se había abierto un nuevo taller de prótesis en Kabul, dirigido por una organización suiza llamada Comité Internacional de la Cruz Roja. Allí fui.
Lo que inmediatamente me sorprendió es que no sentí que me tuvieran lástima.
Me dieron un par de miembros artificiales. Me llevó algún tiempo aprender a caminar, pero lo logré. Después me arriesgué y les pedí un trabajo. La respuesta fue: "¿Por qué no?" Increíble. No dijeron que no.
No fue fácil. Tuve que aprender el trabajo desde cero y enfrentarme a algunos de los empleados no discapacitados, a los que no les agradaba tener un colega como yo. Pero seguí adelante, tratando de mejorar y de no decepcionar a quienes me habían dado la oportunidad de trabajar.
Con mucho esfuerzo y algo de suerte, las cosas fueron saliendo bien, y me ascendieron. Pero algo me faltaba.
Si bien estaba convencido de que las personas discapacitadas tienen derecho a reconstruir su vida, me consideraba una excepción.
Un día conocí a un hombre llamado Mahmood, y todo cambió.
Mahmood había sufrido dos accidentes causados por minas antipersonal; perdió las dos piernas y un brazo. Tenía tres niños pequeños que alimentar; comenzó a mendigar en las calles.
Nos conocimos en 1994, en un día terrible. En esa época, sufríamos una guerra civil en Kabul. Todos los días había enfrentamientos y atentados en las calles. Lo invitamos a venir al centro de rehabilitación y le dimos un par de miembros artificiales. Le llevó varias semanas aprender a caminar.
Casi un año después, volvió. Nos dijo: "Me han ayudado a caminar, gracias. Ahora, por favor, ayúdenme a no seguir mendigando. Me siento avergonzado ante mis hijos, están creciendo." Luego dijo algo que nunca voy a olvidar: "Sé que soy un hombre en ruinas, pero si me ayudan, estoy dispuesto a hacer cualquier trabajo, aunque tenga que nadar en la suciedad".
¿Qué tipo de trabajo se le podía ofrecer a un hombre sin piernas, con un solo brazo, y analfabeto? Con mucha compasión, le dije: "Veremos", pero estaba convencido de que era imposible.
La casualidad quiso que hubiera una vacante en el taller de carpintería, donde fabricamos pies para prótesis. Un trabajo simple: pegar y atornillar las suelas a los pies. Pero no estaba seguro de que él pudiera hacerlo. "Se decepcionará, mejor no probar, su estado físico no se lo permitirá", pensé. Pero al final, después de hacer algunas refacciones en el taller, decidimos darle un mes de prueba.
Un mes después, Mahmood era el más rápido del taller.
Ahora sé que mi "rehabilitación" total la logré ese día, gracias a Mahmood. De él aprendí que nadie puede quedar en ruinas, todo el mundo tiene derecho a rehacer su vida. Yo no era la excepción. Aprendí que los prejuicios y la falta de autoestima son más peligrosos que la propia discapacidad.
Pero... siempre hay un pero. No dejen que mi historia, la de Mahmood y la labor del CICR y de otras organizaciones les hagan creer que los problemas de las personas discapacitadas en Afganistán están resueltos. Lejos de eso.
Si bien ha habido algunos avances en el ámbito de la rehabilitación física, mucho queda por hacer en cuanto a la reintegración social.
Afganistán ha adoptado algunas medidas legislativas importantes. Por ejemplo, la nueva constitución menciona y protege a las personas con discapacidades y, en 2008, se aprobó finalmente la Ley de Discapacidad, pero como digo, la ley ha sido aprobada, pero no aplicada. La asistencia a las personas como yo depende de la buena voluntad de las ONG y de otras organizaciones. Hasta ahora, la asistencia es un acto de caridad, no un derecho.
Necesitamos el apoyo y la acción de la comunidad internacional para asegurarnos de que nuestros derechos estén claramente expresados y contemplados en leyes exhaustivas y precisas.
Es la única manera. Si no, la mayoría de los afganos con discapacidades seguirán sentados en algún lugar, sin la posibilidad de gozar de una vida plena
Olvidé decirles qué hice con la silla que me trajo mi padre. La quemé cuando conseguí el trabajo. Nunca se lo dije.