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29-11-2007  Reportaje  
Afganistán: las víctimas de las minas cuentan su historia
En Afganistán, aún cuando ya no haya nuevos accidentes de minas, decenas de miles de víctimas necesitarán atención y asistencia por el resto de sus vidas. No sólo necesitan rehabilitación física sino la posibilidad de reintegrarse en la sociedad. Es necesario brindar capacitación y ofrecer oportunidades de trabajo. En este artículo, víctimas de minas que recibieron ayuda del CICR o de la Media Luna Roja de Afganistán cuentan sus historias.

Najmuddin Helal

Najmuddin, de 43 años, es jefe del centro de ortopedia del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Kabul, el mayor establecimiento de rehabilitación física del CICR a nivel mundial.

©ICRC/M. Kokic/AF-E-0080
Najmuddin atiende a un paciente, amputado como él, en el centro de ortopedia del CICR en Kabul.

"Tenía 18 años cuando perdí ambas piernas. Conducía mi automóvil por un cauce seco, en la parte este de Kabul. Es todo lo que recuerdo; no guardo memoria alguna de la explosión ni de lo que sucedió después. Supongo que el automóvil pisó una mina antivehículos. Me desperté varios días más tarde en el hospital. Gradualmente, me di cuenta de que la parte inferior de mi cuerpo se sentía extrañamente ligera.

Cuando comprendí que había perdido las piernas, me sentí embargado por la desesperanza y el temor más profundos. Temía decepcionar a mis seres queridos, de no poder ayudarlos ni mantenerlos, de depender de ellos para todo, de ser un paria... soy el mayor de nueve hermanos, y mis padres tenían grandes expectativas con respecto a mí. Parecía que el árbol que habían plantado para que diera frutos se hubiese cortado. Pero, afortunadamente, se mostraron muy cariñosos y comprensivos.

Permanecí en el hospital doce meses. Necesité cinco meses tan sólo para sentarme en la cama. Después de esa etapa, me quedé en casa durante cinco largos años, sentado en una silla junto a la puerta de entrada de la casa, sin hacer nada. Fue un período muy difícil. No podía conseguir trabajo. Los que me rodeaban me compadecían, me trataban como a una víctima; realmente no me alentaban a ponerme de pie.

En 1988, escuché hablar del nuevo centro de ortopedia que el CICR había inaugurado en Kabul. Me presenté allí y me registraron como el paciente número 34. Me alojé en uno de los dormitorios del centro. En pocos meses, me colocaron nuevas prótesis y comencé, lenta y dolorosamente, a aprender a caminar con ellas. Por fin, tenía una pequeña esperanza de que mi vida comenzase a mejorar.

El centro de ortopedia aplicaba, y todavía aplica, una política de discriminación positiva en favor de las personas impedidas. Por esta razón, todos los que trabajan allí sufren algún tipo de discapacidad física. En poco tiempo, empecé a trabajar como fisioterapeuta, ayudando a personas que se encontraban en la misma situación que yo. Es lógico emplear a personas impedidas, pues comprenden los problemas y las necesidades particulares que se plantean en el centro, y pueden ayudar a los pacientes a recuperar la esperanza.

A veces, todavía siento que lo que me sucedió fue muy injusto. Yo no era combatiente, no tenía enemigos. Todavía siento ardor en los muñones, y a veces, tengo un agudo dolor fantasma en un pie que no está más. A veces, me siento triste porque nunca podré correr, nunca podré sentir el agua sobre mis piernas.

Pero, en realidad, no me puedo quejar. Desde luego, la situación económica del país es catastrófica, y mucha gente sana no consigue trabajo; ni qué hablar de los que sufren discapacidades físicas. Por eso, en cierto sentido, me siento afortunado, no sólo porque puedo mantener a mi familia sino porque también soy capaz de dar esperanza al menos a unas pocas personas, que corrieron la misma suerte que yo.

En 2004, llevé la antorcha olímpica en El Cairo, en representación de las víctimas de las minas de todo el mundo. Fue un momento de gran orgullo para mí. En estos años, se ha avanzado mucho hacia la eliminación de las minas terrestres, tanto en Afganistán como en el resto del mundo. Pero todavía queda mucho por hacer. Aunque no haya más accidentes causados por minas, hay que trabajar mucho para atender a quienes ya fueron afectadas por ellas.

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29-11-2007