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2-06-2006  Reportaje  
Colombia: una historia de esperanza y de miedo
La Sierra, un pintoresco barrio encaramado en las colinas de Medellín, alberga un caleidoscopio de pobladores. Allí conviven tanto perpetradores como víctimas de la violencia que afectó y sigue afectando a Colombia.

©ICRC/

Llegan, se establecen, viven y mueren en La Sierra no sólo personas que vienen de las municipalidades afrocolombianas del Chocó noroccidental y de las comunidades indígenas de Cauca y Antioquia, sino también combatientes desmovilizados y barones de la droga.

La base de La Sierra se parece a un barrio normal de clase trabajadora. A ambos lados de la calle pavimentada de dos vías que serpentea por el barrio se suceden incontables casas de una sola planta. Más o menos cada diez minutos, pasan camionetas que transportan a los trabajadores entre las diferentes paradas de autobús de La Sierra y las zonas industriales del norte y los barrios residenciales de Medellín.

Pero al llegar a la mitad de la colina, la calle pavimentada se interrumpe bruscamente. A partir de allí, los habitantes de La Sierra siguen su camino por una empinada escalera que permite acceder a numerosas casas de ladrillo y apartamentos dispersos.

Unos centenares de metros más arriba, la escalera llega hasta un cruce de senderos de tierra, que van hacia el norte, el este y el oeste. Faber Zapata, un colaborador de la subdelegación del CICR en Medellín, encargado de asistencia, se detiene en ese cruce, preguntándose si ha seguido el camino correcto para llegar a los hogares que desea visitar.

Al igual que la mayoría de los barrios periféricos en Colombia, La Sierra se divide en carreras (avenidas) y calles numeradas. Para encontrar una dirección, hay que realizar un cálculo aparentemente sencillo, sumando y restando las carreras y calles en sentido vertical y horizontal. Pero cuanto más se sube, tanto más difícil es encontrar carteles con los números de las calles; las casas de ladrillo comienzan a escasear, y en su lugar aparecen chozas de madera con techos de chapa.

Faber desea visitar a varias personas. La mayoría de los desplazados internos que se encuentran en La Sierra vive en la cima de la colina, donde las condiciones de vida son las peores.

"Hago mucho ejercicio, porque los desplazados se han asentado en las zonas más distantes y pobres de La Sierra", dice Faber. "Gran parte de mi trabajo consiste en descubrir dónde viven ahora."

El conflicto en Colombia se inició hace más de cuarenta años y ha originado una de las poblaciones de desplazados internos más numerosas del mundo. Se estima que entre dos y tres millones de personas fueron desarraigadas a consecuencia de las hostilidades armadas y las amenazas. La gran mayoría de esas personas tiene demasiado miedo para volver a su hogar. Dejaron atrás su tierra y sus pertenencias y, a veces, incluso a sus seres queridos, para intentar construir una vida nueva. Aquí, intentan encontrar comida, techo, trabajo, escuelas y servicios médicos, con muy poca ayuda; a veces, ni siquiera saben que la ayuda existe.

Con el tiempo, estas personas desplazadas logran conseguir lo estrictamente necesario para vivir. En algunas partes de La Sierra, los cables eléctricos, precariamente tendidos entre una casa y otra, indican que muchos de los residentes han estado aquí por un tiempo y no tienen intención alguna de regresar a sus lugares de origen. Para algunos, la amenaza de represalias es motivo suficiente para no volver a casa.

En el cruce de los senderos, Faber pide indicaciones varias veces para llegar al nuevo hogar que desea visitar. Para ayudar a los desplazados internos de La Sierra, Faber debe primero visitar a las personas que han solicitado la asistencia del CICR, a fin de evaluar sus necesidades y proporcionarles la ayuda alimentaria, material o económica que corresponda. No está seguro de que la dirección que le dieron exista realmente. Pero cuando pregunta, un niño le dice que la casa que busca se encuentra sobre el sendero que se dirige hacia el oeste.

A medida que Faber sube por el sendero, las chozas, cada vez más pobres y escasas, se ocultan en el verdor del paisaje. Tal vez intencionalmente, algunas están escondidas en la tupida maleza verde, entre los pastos y los bananos. Están construidas sobre cimientos precarios, vulnerables a las frecuentes riadas que se producen en La Sierra.

Al final del sendero, Faber parece haber encontrado la casa de Consuelo*, una madre soltera de unos 45 años, que recientemente huyó de su aldea rural en el estado de Antioquia. Sus cuatro hijos rondan por la galería de piso de tierra que sirve de entrada a la casa, que tiene una sola habitación. Un único tomacorrientes es la sola fuente de luz de la habitación.

©ICRC/

Consuelo acoge a Faber con una cálida sonrisa y un vaso de limonada. Sus niños sonríen tímidamente, felices de recibir un visitante. La hija de Consuelo tiene una infección grave en un oído, pero la madre no tiene suficiente dinero ni información para obtener atención médica. Faber le da la dirección de una clínica donde puede hacer atender a su hija a un costo muy reducido.

Por más de cuarenta y cinco minutos, Faber escucha y habla con Consuelo y sus hijos. Al igual que los cientos de desplazados internos que Faber visita cada año, Consuelo cuenta su historia: un grupo armado la amenazó, y tuvo que huir de su granja precipitadamente.

"Desde entonces, no he visto a mi marido", dice Consuelo. Faber le dice que lamenta su situación y que pronto traerá paquetes de alimentos y utensilios de cocina. Consuelo sonríe, le da las gracias y se despide de él.

Mientras baja, Faber intenta visitar a otras familias desplazadas que desean la ayuda del CICR o que ya la han recibido, pero en muchos casos, no hay nadie en casa. En su última visita del día, una madre lo recibe con un "tinto", un café colombiano muy azucarado. Agradece a Faber la asistencia económica del CICR, pero sabe que, en poco tiempo más, ella y su familia ya no serán acreedores a la ayuda de urgencia.

"Mi marido encontró trabajo en una obra en construcción", informa a Faber con orgullo. "Espero que podamos conseguir dinero para arreglar el techo de chapa antes de que se caiga con la lluvia."

Comienza a bajar el sol, y se forman nubes sobre La Sierra. Faber sabe que debe bajar la colina lo antes posible. Poco a poco, la densa maleza verde se transforma en paredes de cemento, que van ciñendo la estrecha escalera que conduce al camino.

Esas paredes están adornadas con frases simples pero significativas. Faber se detiene delante de una que parece captar el espíritu del barrio: "Nuestra fuerza es la alegría".

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