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2-03-2007  Reportaje  
República Democrática del Congo: "Quisiera que nos aceptaran, a mí y a mi hijo"
Secuestradas por grupos armados, violadas y maltratadas, las mujeres de Kivu Sur luchan por salvarse y proteger a sus hijos nacidos de la violencia. Una de ellas cuenta su historia y sus proyectos a Fabienne Garaud, delegada del CICR.

©ICRC/W. Lembryk/cd-e-00420
Goma. Hospital Cepac Cashero. Mujeres víctimas de violencia sexual.

En la mañana del 20 de febrero de 2007, teníamos una cita con una ONG local de Bukavu para entrar en contacto con un grupo de mujeres víctimas de la violencia sexual, a quienes la ONG dicta cursos de alfabetización y proporciona microcréditos a fin de ayudarlas a reinsertarse en la comunidad.

Tras una hora de viaje por un camino que serpentea entre las bellas colinas de Kivu Sur, llegamos al punto de encuentro, en Kabare. Para no llamar la atención, decidimos reunirnos en el interior de la cabaña de madera utilizada para los cursos de alfabetización.

Hoy, sólo seis mujeres han asistido al curso. El resto del grupo trabaja en los campos o atiende pequeñas tiendas, en un esfuerzo por obtener un ingreso mínimo que les permita alimentar a sus familias.

A primera vista, llama la atención la juventud de estas mujeres: Jeannette tiene 20 años; Claudine, 19; Namafu, 18; Apolline, 20; y Nafranka, 19; Kiriza no sabe su edad y parece perdida, un poco retrasada. Acuna nerviosamente a su bebé de ocho meses, que presenta signos de desnutrición.

A fin de conocer mejor sus historias, converso con cada una de ellas a través de Léon, uno de los dirigentes de la asociación que, con el correr de los meses, se ganó la confianza del grupo. Todas me cuentan sus peripecias, que son tristemente parecidas; pero ese día, la historia de Namafu, la muchacha más joven, fue la que más me llamó la atención, sin duda por ser la más sórdida.

Esa bella joven, con un rostro de niña escondido tras una mantilla negra, incómoda, nerviosa, vacila antes de hablar. Estoy sentada a su lado sobre la cerca de piedras, la miro con compasión; siento una suerte de solidaridad femenina, como si yo tuviese alguna idea de lo que ella había soportado; pero estaba lejos de imaginarme el horror...

©ICRC/W. Lembryk/cd-e-00425
Bukavu, hospital de Panzi. Una mujer víctima de la violencia sexual asiste con su hijo a una entrevista con un psicólogo.

En 2001, grupos armados saquearon la aldea de Kabare, ubicada a unos 20 kilómetros de Bukavu. Para transportar el botín, se llevaron a las muchachas de la aldea, entre ellas Namafu, que en ese entonces tenía 12 años. Durante cuatro meses, fue prisionera de esos hombres. Un largo purgatorio durante el cual la utilizaron como "esclava sexual". A pesar de las reiteradas violaciones, Namafu no perdió su instinto de supervivencia y un día, mientras iba al río en busca de agua, decidió arrojar su bidón en el camino y correr largo y tendido por el parque nacional de Biega, huyendo del calvario...

De regreso en la aldea, sus familiares, lejos de rechazarla, como hacen otros, la acogieron con alegría, felices de verla con vida.

Las manos de Namafu tiemblan y el silencio se hace pesado. Con la cabeza baja, retuerce su velo, todavía avergonzada de lo que le sucedió, y sigue narrando su historia:

"En 2005, llegaron nuevos grupos armados, que secuestraron a otras aldeanas; una vez más, me obligaron a seguirlos al bosque, donde permanecí un mes antes de volver a escaparme."

Cuando regresó, estaba embarazada. Su hijo acaba de cumplir un año. En su desgracia, al menos tuvo la suerte de no contraer ninguna enfermedad de transmisión sexual.

Me animo a preguntarle qué clase de ayuda desearía recibir, y Namafu murmura:

"Quisiera que nos aceptaran, a mí y a mi hijo, que no me trataran como mujer de los rebeldes, y un día, quisiera tener la suerte de encontrar marido." En efecto, estas mujeres violadas no sólo son rechazadas por sus propias familias, sino que la comunidad las considera mujeres impuras.

Mis ojos se posan sobre sus pies. Namafu juguetea con sus sandalias; tiene los dedos agrietados y las uñas arruinadas, prueba del duro trabajo en los campos.

Sin embargo, Namafu es optimista: "Espero beneficiarme del proyecto de microcréditos de la asociación, para iniciar una pequeña actividad generadora de ingresos. Voy a vender cerveza. Si mi negocio marcha bien, podría ganar hasta 12 dólares por semana". Su candor me maravilla y me da otra lección de vida.

Los prejuicios y los rumores han destruido muchas familias y barrido con muchas esperanzas de recuperación. Las mujeres violadas no sólo son rechazadas por sus propios familiares, sino estigmatizadas por la comunidad como mujeres impuras. Sin embargo, estas víctimas de la violencia sexual sólo son culpables de haber nacido mujeres en un país donde la violación continúa siendo, en la práctica, un crimen impune.


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