Marie Joseph, una robusta mujer de voz profunda, no ahorra palabras mientras hace sus rondas cotidianas en Cité Soleil. Ese inmenso barrio es el hogar de 300.000 personas que, en su mayoría, viven con menos de un dólar diario.
"Estas mujeres no tienen nada", dice, señalando a las madres jóvenes y las muchachas embarazadas que la rodean. Avanza por las estrechas callejuelas de tierra que separan las hileras de viviendas precarias construidas con trozos de cartón y chapas metálicas. "Aquí, todos somos víctimas, pero estas mujeres sufren más que los demás".
Marie Joseph y su colega Françoise comprenden el sufrimiento. Han pasado la mayor parte de sus 55 años en Cité Soleil, donde, sumadas, criaron a 18 niños y enterraron a otros cinco. Sus rostros muestran la dureza de su vida cotidiana, pero tienen el corazón abierto y generoso.
Cuando le preguntamos por qué había elegido ser partera, Marie Joseph responde: "Vi a una mujer dar a luz en la calle, bajo la lluvia. Le pedí al dueño de una casa vecina permiso para cortar el cordón umbilical en su balcón, pero no quiso. Supliqué al conductor de un taxi que llevara a la madre y al bebé al hospital, pero se negó. Al final, yo misma corté el cordón".
Ambas mujeres son parteras desde 2001, y han fortalecido sus conocimientos en los cursos de repaso proporcionados por el CICR. Desde entonces, han ayudado a innumerables mujeres a dar a luz, en el hogar o en el hospital.
En Haití, casi todas las mujeres dan a luz en el hogar, puesto que no pueden costearse un taxi, ni pagar la cuenta del hospital, ni tan siquiera comprar la ropa y los zapatos que necesitan para el viaje. Por ello, cuando surgen complicaciones como la hipertensión inducida por el embarazo o la preeclampsia, a menudo pierden el bebé y corren peligro de muerte. La incidencia de la preeclampsia es muy elevada entre las mujeres haitianas. En Haití, mueren más mujeres antes, durante y después del parto que en ningún otro lugar del hemisferio occidental.
En los cursos de la Cruz Roja se subraya la importancia de la atención médica y se destaca que hay que alentar a las embarazadas a acudir al hospital, en vez de dar a luz en su casa. A veces, las parteras llaman un "tap tap", una camioneta reciclada y pintada de alegres colores, que hace las veces de taxi, y llevan a la mujer al hospital de Choscal, el único hospital público del barrio. En otras ocasiones, llaman al puesto de la Cruz Roja de Haití en Cité Soleil, y la Cruz Roja traslada a la mujer en un tap tap equipado como ambulancia y protegido temporalmente con el emblema de la Cruz Roja.
Dice Françoise: "Muchas mujeres todavía se muestran reacias a ir al hospital porque el tratamiento cuesta 40 gurdas (poco más de un dólar EE.UU.). Pero, incluso si hacemos el parto en el hogar, nos aseguramos de que acudan al hospital para someterse a los exámenes postnatales y recibir las vacunas".
Las parteras pasan gran parte de su tiempo aconsejando a las mujeres sobre los embarazos no deseados. Darline Leon, de 23 años, estaba criando sola a Judeline, su hija de dos años y medio, cuando se encontró embarazada de nuevo.
"Vendí todo lo que pude para pagar un aborto, pero después contraje anemia y el médico me dijo que, si abortaba, podía morir; por eso, decidí quedarme con el bebé", dijo Darline.
Muchas mujeres ingieren veneno para perder el embarazo, porque no pueden afrontar la perspectiva de tener otra boca que alimentar. Pero Françoise y Marie Joseph las alientan a seguir adelante con el embarazo. Si la vida se hace demasiado difícil, sugieren a la madre que dé al bebé para adopción en uno de los numerosos orfanatos de la capital.
Algunos de los niños nacieron a consecuencia de una violación o de la prostitución. Estos fenómenos abundan en el barrio marginal, donde los hombres tienen poco que hacer y las mujeres, desesperadas por obtener ropa y alimentos para sí mismas y sus familiares, venden sus cuerpos por sumas irrisorias, a veces de 100 gurdas (2,5 dólares EE.UU.).
Las violaciones son hechos habituales en Cité Soleil. Marie Joseph y Françoise procuran que las mujeres violadas obtengan tratamiento y asesoramiento sobre el VID/Sida. Pero, ellas tienen sus propias experiencias de violencia sexual: la hija de Marie Joseph, de trece años, fue violada por un hombre de 68 años, actualmente preso, mientras que la sobrina de Françoise, de 19 años, fue violada por una banda de hombres encapuchados. Ambas jóvenes viven ahora fuera de Cité Soleil, tanto por razones de seguridad como a causa del estigma que acarrea la violación en este país profundamente religioso.
Ambas parteras dicen que ahora, es mucho más fácil para las mujeres denunciar casos de violación y de abuso sexual a la policía o a las autoridades haitianas, quienes toman estas denuncias más en serio que antes.
El mayor desafío que afrontan las mujeres en los barrios marginales es el control de la natalidad. Haití registra la mayor tasa de natalidad del hemisferio occidental, y son comunes las familias haitianas con 10 o 12 hijos. Pero los anticonceptivos son demasiado caros para algunas personas. Un condón cuesta 3 gurdas, pero con ese dinero, se puede comprar agua potable para cinco horas, o una de las tortas de barro mezcladas con mantequilla y sal que a veces comen los habitantes de la barriada para llenar sus estómagos vacíos.
"Es un círculo vicioso", dice Marie Joseph, mientras mira a las mujeres que recorren las callejuelas de Cité Soleil. "Necesitan acceder a anticonceptivos y tener menos hijos, pero no pueden pagarlos".