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14-02-2007  Reportaje  
Jerusalén oriental: vivir sin permiso
La última vez que Samah, de 14 años, regresó a su casa de la escuela fue el 22 de enero de 2007. Al día siguiente, salió de su casa en Jabal Al Mokaber, un barrio de Jerusalén oriental, para ir a la escuela con sus tres hermanas. Por la tarde, cuando las niñas volvieron, su casa había desaparecido. En su lugar, solamente quedaba un montón de escombros.

Sólo el hermano menor, Ahmed, y la hermana más pequeña, Shaima, se habían quedado en casa.

"Para el bulldozer fue una tarea de dos horas, pero a mí me llevará meses reconstruir todo", dice Abu Ahmed, padre de los seis niños. Sabe lo que dice, ya que es la segunda vez que las autoridades israelíes destruyen su casa en los últimos dos años. En cierto modo, la primera vez, en 2005, fue mejor que ésta, porque lo hicieron durante el verano...

La decisión sobre la segunda demolición de la casa fue notificada a Abu Ahmed en junio de 2006. El 23 de enero de 2007 se cumplió el plazo, y la casa fue demolida. La razón: faltaba el permiso de construcción.

El hecho de que la casa estuviera situada en un terreno privado de Abu Ahmed y no molestara a nadie, no fue tenido en cuenta. En realidad, tras la demolición anterior, Abu Ahmed logró reconstruir su casa en tan sólo veinte días, con la ayuda de todos sus vecinos.

El hecho de que ahora es invierno en Jerusalén, tampoco ayudó. Y, por último, el hecho de que Abu Ahmed está incapacitado, paralizado de la cintura para abajo, tampoco hizo diferencia alguna. Puede caminar con muletas, pero no puede ayudar mucho a su esposa Izeyeh, que ahora está buscando entre los escombros. Hasta ahora, encontró algunas sillas y una cama que todavía se pueden usar. También se salvaron un ventilador y el refrigerador.

La historia de la familia de Abu Ahmed no es un caso aislado. En realidad, es un caso típico de esta zona. La casa de sus vecinos, a sólo cincuenta metros de distancia, fue destruida el mismo día. Además, al menos otras seis viviendas, incluso un edificio de apartamentos de cuatro pisos, fueron demolidas el mes anterior. Sólo en enero de 2007, once familias palestinas perdieron sus hogares en Jerusalén oriental.

El CICR les proporcionó algunos artículos de primera necesidad, como carpas, mantas, colchones, garrafas de gas, paquetes de alimentos y artículos de higiene. Sin embargo, como Jerusalén oriental es un territorio ocupado, incumbe a Israel, como potencia ocupante, garantizar que la vida de la población sea lo más normal posible.

Para las once familias en los barrios de Al Tur, Sur Baher, Beit Hanina y Jabal al Makaber, son once tragedias diferentes. Pero en los papeles, los casos son todos iguales: falta de permiso.

"Lo que no se dice es que nunca se puede obtener un permiso aquí, porque no hay planes de zonificación", dice Rana al Qaisy, una colaboradora del CICR que, en cuatro años de trabajo en la delegación del CICR en Jerusalén, ha presenciado más de 150 demoliciones de viviendas.

"De modo que, aunque uno sea propietario de un terreno, no puede construir nada. Y donde hay planes de zonificación, el procedimiento es tan engorroso que se necesita mucho tiempo y dinero para recurrir a los servicios de un abogado que logre concluirlo", añade Rana.

Las familias como la de Abu Ahmed no tienen ni tiempo ni dinero. Lo que necesitan es un techo que las cobije. Por eso, construyen, con la esperanza de que las autoridades no seleccionen su casa para destruirla.

Ahora, la familia de Abu Ahmed vive en una carpa donada por el CICR, que también les entregó un certificado en el que deja constancia de la destrucción de la vivienda. En años anteriores, con este documento, las familias podían recibir una compensación en efectivo de la Autoridad Palestina. La suma no alcanzaba para reconstruir la casa, pero era suficiente para arrendar un apartamento por unos meses.

Pero hoy, meses después de que la comunidad internacional decidiera retener los fondos destinados a la Autoridad Palestina, los ministerios palestinos no tienen dinero para este tipo de ayuda. Para cumplir esa función, quedan algunas entidades de beneficencia y ONG. Pero la suerte no acompaña a la familia de Abu Ahmed.

Como en Jerusalén llueve desde hace tiempo, Abu Ahmed estuvo pasando algunas noches por semana en casa de sus padres. Pero, para llegar, tiene que subir sesenta escalones, y a causa de su enfermedad, cada escalón es un tormento para él. De modo que, con o sin permiso, Abu Ahmed piensa reconstruir su casa una vez más.

©CICR/C. von Toggenburg
Abu Ahmed con sus hijos, frente a los restos de su casa
©CICR/C. von Toggenburg
Izyeh y su hija, frente a su albergue temporario
©CICR/C. von Toggenburg
Rana al Qaisy, colaboradora del CICR, habla con Abu Ahmed y su esposa Iseyeh.


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14-02-2007