Sharipat no sabe si reír o llorar. Mira fijamente la fotografía y la carta que recibió de su hijo, actualmente detenido en algún lugar de la Federación de Rusia. Le alegra recibir pruebas concretas de que su hijo está con vida, pero no puede ocultar su tristeza por no poder ver su rostro con nitidez.
Sharipat está casi ciega. Acerca la fotografía a su cara con la esperanza de vislumbrar algún rasgo familiar. Sonríe, suspira y llora quedamente. Aïna y Malika, colaboradoras del CICR en Grozny, tratan de consolarla describiendo el rostro inexpresivo de este hombre, ausente desde hace seis años.
Sharipat vive sola en una pequeña aldea al norte de Grozny. Dice que nació en 1913, en una familia numerosa, y que todos sus familiares han muerto. Su hijo mayor murió hace dos años y el menor, su hijo adoptivo Ahmed, está preso: "Era tan bondadoso y atento", dice con una sonrisa. Años de sufrimiento y de duro trabajo han encorvado la espalda de Sharipat. Es tan baja que, para subir a la cama, tiene que usar las manos. Aunque la cuida una vecina, Sharipat a menudo tiene miedo cuando está sola por la noche.
Toma nuevamente la fotografía, y dice a Aïna y Malika: "No lo puedo ver". Su vecina, que acudió presurosamente a festejar la buena noticia, la consuela: "No te preocupes, Sharipat, te traeré unas gafas para que puedas ver a tu hijo".
El CICR había registrado los datos de Ahmed durante una visita a un lugar de detención Cuando, en enero de 2007, las autoridades notificaron al CICR que Ahmed sería transferido a otra cárcel, el equipo de Grozny fue a anunciar el traslado a Sharipat, quien no había tenido noticias de su hijo durante años. No sabía dónde estaba detenido, ni si se hallaba vivo o muerto.
Sharipat escribió un mensaje de Cruz Roja a Ahmed y, pocos meses después, recibió una respuesta en la que Ahmed pedía una foto de su madre. Se le envió la fotografía de Sharipat, quien, a su vez, pidió una de él. Cuando el correo trajo la foto de Ahmed, Malika y Aïna se apresuraron a visitar a Sharipat para darle la buena noticia.
Sharipat se aferra a la mano de Virginie, la delegada psicosocial del CICR, y le sonríe. "Es muy amable", dice una y otra vez. Cuando Malika comienza a leer el mensaje de Ahmed, Sharipat llora: "¿Por qué no liberan a mi hijo? Estoy muy vieja... ¿podré verlo cruzar mi umbral antes de morir?
Es hora de partir, y Sharipat acompaña a las colaboradoras del CICR hasta la puerta. Afuera, nieva copiosamente. En la puerta, Sharipat, muy emocionada, agradece a Malika y a Aïna usando la única palabra que conoce del idioma inglés: "Very, very, very..." ("Muy, muy, muy...")