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5-06-2008  Reportaje  
Una conexión vital con el mundo exterior
Ajith Boyagoda, ex comandante de las fuerzas navales de Sri Lanka, fue capturado y detenido durante ocho años por los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE). A lo largo de ese período, tanto él como sus compañeros de detención recibieron visitas periódicas del CICR. En Colombo, habló con Claudia McGoldrick sobre las cosas que le ayudaron a sobrellevar esta dura prueba.

©ICRC / C. McGoldrick / LK-E-00313
Ajith Boyagoda

Cuando, el 18 de septiembre de 1994, el comodoro Ajith Boyagoda zarpó del puerto de Colombo a bordo de su nave, no se imaginaba que sería capturado en la costa noroeste de Sri Lanka por los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTEE) y que pasaría ocho largos años como su detenido de mayor rango.

El ex comodoro de 55 años todavía exhibe la compostura y la disciplina inculcadas por su formación naval de elite en India y en el Reino Unido. Elegantemente ataviado de traje y corbata, narra con calma la historia de su detención.

"En ese momento, era comandante de la nave Sagarawardena de la armada de Sri Lanka, con una tripulación de 42 hombres. Zarpamos del puerto de Colombo para realizar un patrullaje de rutina hacia Mannar, en la costa noroeste. Alrededor de la medianoche del segundo día, nos tomó de sorpresa un bote suicida de los Tigres del Mar, que embistió nuestra nave y explotó. Luego nos embistió un segundo bote y la nave comenzó a hundirse. Los que pudimos hacerlo, abandonamos la nave de inmediato.

En el tumulto, el comandante no sabía cuál había sido la suerte de su tripulación. Más adelante, supo que 20 fueron dados por desaparecidos, de los cuales dos fueron declarados muertos más adelante, mientras que 18 lograron escapar. Él y uno de sus hombres fueron capturados.

"Dos de nosotros nos aferramos a una balsa salvavidas. Los Tigres del Mar estaban inspeccionando las aguas con linternas y disparando al azar. El hombre que estaba conmigo murió. Por fin, me sacaron del agua junto con otro miembro de la tripulación. Sinceramente, temía menos por mi vida que por la suerte de todos mis hombres", dice Boyagoda, sin hacer alardes.

Boyagoda cuenta que su compañero y él fueron trasladados inicialmente a una casa segura del LTTE en la península de Jaffna, donde recibieron un trato correcto pero no se les permitía hablar entre ellos. "Durante este período, el LTTE declaró nuestra presencia como detenidos al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)", dice Boyagoda. "Recuerdo claramente el día en que el CICR nos visitó por primera vez. Nuestros guardias nos dijeron que nos vistiéramos y afeitáramos porque iba a ser un día especial. Casualmente, también era el sexto cumpleaños de mi segundo hijo".

"Las visitas del CICR, que normalmente tenían lugar una vez por mes o cada dos meses, se transformaron en una conexión vital para nosotros; eran una especie de póliza de seguro contra los malos tratos. Las visitas eran muy esperadas: ese día siempre nos daban un buen almuerzo y también podíamos fumar", dice Boyagoda sonriendo.

"Esas visitas eran nuestro único contacto con el mundo exterior. Los delegados del CICR no sólo nos traían periódicos y libros, sino también cartas de nuestros familiares, a las que podíamos responder. Los mensajes de Cruz Roja realmente me ayudaron a mantener la fuerza, sobre todo porque, en ocho años, vi a mi esposa dos veces y a mis tres hijos, sólo una".

El primer encuentro tuvo lugar cuando Boyagoda, después de seis años de detención, emprendió una huelga de hambre junto a varios de sus compañeros de detención, como protesta por la falta de progresos en las negociaciones sobre su liberación. El CICR siguió visitando a los detenidos y logró que Boyagoda pudiese ver a su esposa y a su hermano mayor. En 2002, el CICR organizó una segunda visita familiar, aproximadamente en el momento en que las partes beligerantes acordaron el cese del fuego, pocos meses antes de la liberación de Boyagoda.

"No tengo palabras para expresar mis sentimientos al volver a ver a mis hijos después de tanto tiempo. Cuando fui capturado, mi hijo menor tenía sólo un año y no me conocía; era muy tímido y no se atrevía a acercarse a su padre. Fue un momento muy emocionante", dice Boyagoda pensativamente. "Hay que felicitar a mi esposa, que desempeñó el papel de madre y de padre durante todos esos años y que logró que los niños tuvieran la educación y el cuidado adecuados".

Tras ser trasladados a diferentes lugares de detención a lo largo de los años, el comandante Boyagoda y seis militares más fueron liberados en septiembre de 2002, a cambio de 11 detenidos del LTTE. El CICR facilitó la entrega en Omanthai, el punto de cruce entre los territorios controlados por el LTTE y el Gobierno.

"Mi esposa, mi madre, mis dos hermanos y sus esposas vinieron a buscarme. Sólo en ese momento me enteré de que mi padre había muerto dos años atrás", dice Boyagoda con tristeza. "Por un lado, al ser liberado sentí que nacía de nuevo, pero por el otro, me llevó mucho tiempo superar la pesadilla que había vivido".

"Básicamente, sobrevivimos gracias al CICR, no sólo por la ayuda material que nos proporcionaba, como alimentos, medicamentos y mensajes de Cruz Roja, sino también porque, como parte neutral, podíamos presentarles nuestras quejas", dice Boyagoda". "Para nosotros, esa posibilidad representaba un gran consuelo".

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5-06-2008